Buenos Aires es probablemente el mercado gastronómico más saturado del país, y eso define el problema. No es que falte clientela: es que el cliente tiene ocho opciones a tres cuadras y muy poca paciencia. Una espera de doce minutos para que alguien tome el pedido no genera una queja, genera que esa mesa no vuelva y no diga por qué.
La otra particularidad porteña es la densidad de locales chicos con salón reducido y mucha rotación. En un local de treinta cubiertos en Palermo, la cantidad de turnos que hacés un sábado a la noche es literalmente tu facturación. Cada minuto que una mesa sigue ocupada después de haber terminado —esperando la cuenta, esperando el posnet, esperando el vuelto— es un minuto que no factura.
A eso se suma el turismo. En zonas como San Telmo, Recoleta o Puerto Madero una parte importante del salón no habla español, y la fricción de pedir se multiplica cuando hay que explicar un plato en otro idioma con el salón lleno. Una carta con fotos y descripciones que el cliente lee a su ritmo resuelve buena parte de esa conversación antes de que empiece.